Solo recuerdo que hacía calor. Después de que todos se fueron y todos se fueron yo me eché llorando sobre mi cama. Era de madrugada, mamá se asomó y solo dijo que entendiera que él estaba cansado y debía dormir, le sonreí y pedí que se quedara para siempre.
Esa sería la primera vez que asistiría a un entierro.
Todo el mundo lloraba desconsolado, mientras observábamos como desaparecía el ataúd dentro de aquel agujero, con los restos del que había sido mi abuelo, mi guía.
Creo que yo lloraba al ver a los demás llorando. Es una reacción inevitable del ser humano... la tristeza de los demás, también era mi tristeza.
Muchas noches lo soñé, siempre le decía a mamá que había llegado a verme, que sentía su aroma a cigarros, que fuéramos a dejarle flores y que me dejara dormir con él, lo extrañe el primer día de escuela y desde entonces deje de tomar pozol.
Alguna vez pienso en él, y me acuerdo de algunas cosas. Sus libros situados en una pequeña habitación al fondo del pasillo de la casa, era mi atracción favorita combinado con el pozol, cuando él no se encontraba me encantaba esperarlo junto a sus plantas de fresas y regarlas para que los duendes las endulzaran.
Me gustaba abrir sus cajones y oler la madera, utilizar sus lápices y malgastar sus papeles dibujando garabatos, nunca se molesto cuando pinté libros, les decía a mis padres que eran mis firmas. Inexplicablemente, cuando murió, perdí el interés en todos esos bártulos que tanto me atraían.
A veces me llamaba para que le traficara sus cigarros, entraba a escondidas a su cuarto para dárselos, claro que todos sabían que yo le daba, mamá los compraba, habían tardes que me encantaba escuchar como discutía con papá durante algunas comida por sus ideas “rojas” y revolucionarias, me encantaba como abuelos Chus se apasionaba.
Lo recuerdo como una sombra bajo el umbral de la puerta velando como perro guardián los inquietos sueños de mi hermano y míos.
Los domingos, salíamos a pasear por algún lugar y terminábamos en casa de mi abuelo. Me gustaba porque no era como mi otra abuela que una de sus preferencias era el cementerio, a mí nunca me gustó. El decía que a mi abuela quizá le gustaba porque entre tanto silencio lograba olvidarse del mundo por un tiempo.
Los domingos con él eran emocionantes porque se sentaba en la banca de la entrada al jardín con su cigarro y café en mano para contarme sobre las estrellas, leía mucho sobre ellas. No sé pero siempre recuerdo que cuando me abrazaba me estorbaba el bolsillo de la camisa, porque ahí siempre traía un librito. Prendía el primer pucho de una larga lista de cigarrillos, mientras mi hermano y yo salíamos a correr bajo la luna, así eran los domingos.
Una vez recuerdo cuando fui al panteón caminábamos por los pasillos repletos de hinojo, leyendo las palabras de despedida escritas por los familiares y contando los años de sus muertes a través de las fechas. Ahí pregunte porque la gente se muere, mamá y los demás me pidieron callar y él solo dijo porque terminaron con la enmienda de Dios y los necesita, realmente no entendí pero me dio tranquilidad.
A esa edad, aún no me preocupaba demasiado por el significado de la muerte, lo verdaderamente positivo que saqué de mis aventuras de ultratumba, fue que cuando llegara mi hora, prefería arder entre llamas como pecadora, que comida por gusanos nacidos de mi propia carne putrefacta.
Tras su muerte regresé muchas veces a ese cementerio, después de mamá no más hasta el día que Gus se fue.
No podría decir cómo era en realidad el carácter de mi abuelo. Creo que nunca lo llegué a conocer de verdad. Tenía su modo de expresar su amor hacia mí y mi hermano.
Siempre asistió a todos mis recitales de danza, enmarcaba mis dibujos y me dejaba jugar su vieja máquina de escribir y pintar la última página de sus libros, no sé dónde andarán.
Sé que estaba orgulloso de mí, pese a nuestras peleas de que para mí era mi único abuelo, y que no reconociera a más abuelo o abuela.
Yo recuerdo mi infancia como la más perfecta y maravillosa que podría haber tenido una niña. Pero los rostros de mis padres en las fotos de esa época me cuentan lo contrario.
La vida de ellos fue demasiado fuerte, tras muchos años de esfuerzo para hacer algo para nosotros.
Mi abuelo, es el único hombre que conozco que sabia decir te quiero a sus hijos y a mí, Pienso que otro modo de decir que nos quería, era contándonos cuentos, contarnos lo que decían las estrellas. Esta peculiar demostración de afecto se convirtió en una costumbre para nosotros y el regalo voluntario pasó a ser una necesidad para mi.
Ir a ver a mi abuelo, significaba ser libre y aprender a creer y volar.
Me gustaría decirle que lo extraño tanto y que le quiero aunque debo admitir que mis abrazos siempre fueron sinceros y ahí se dijeron.
Cómo el tiempo y la distancia apaciguan los dolores. Uno aprende a vivir con la falta de un ser amado. Yo, me acostumbre a vivir sin mi abuelo.
Qué extraño pensar en alguien que ya no está en tu vida, y hacia el que tienes sentimientos encontrados.
No sabría decir si echo en falta su presencia... hace ya tanto tiempo, que el corazón se acostumbra a vivir con ello.
Si tuviese otra oportunidad de verlo, me acercaría a él de otro modo, le preguntaría más sobre su vida, sobre quién es él y si esperaba ser lo que es ahora. Le abrazaría más sin esperar nada a cambio. Y volvería a meterme en su despacho toqueteando de nuevo todos aquellos cachibaches que con tanto esmero cuidaba.
Recuerdo la primera vez que le ingresaron, le recité algo para animarlo. Caminaba con un bastón. No sé qué pensaría mi abuelo ahora. Me gustaría que la vida me hubiese dado algo más de tiempo a su lado. Puede que no estuviéramos de acuerdo en muchas cosas, pero, si hago memoria, estoy segura de que fue la persona que más me animó para seguir haciendo lo que me gusta.
Su hija, mi tía solía cocinar caldo de pollo cuando íbamos los domingos a comer a su casa. El siempre me preguntaba cuál era más rica, esa o la de mi padre. Mi respuesta siempre era la misma “la de mi padre”. Ya sé que es lo primero que le diría si lo viera de nuevo: “Chus, el caldo de pollo de mi papá sigue siendo la más rica, pero el pozol de Chus, son inigualables”.
Sé que fue un hombre complicado, y con un fuerte carácter. Pero a su modo, siempre amó a su familia y los mantuvo a su lado.
Por encima de todo, era mi abuelo, y con sus virtudes y defectos así lo quiero.



